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El Mito del Sacrificio

El sacrificio asociado al amor está tan arraigado a nuestra cultura, que llegamos a creer que la infelicidad o la incomodidad del otro es una muestra de afecto, y que el éxito de nuestras relaciones está basado en este acto de renuncia.

Las grandes historias de amor nos muestran nimias y trascendentales renuncias. Comúnmente, la idea de considerar al amor como fuente de sufrimiento se ha aprendido de generación en generación. El sacrificio, tan bien valorado por la sociedad, es base de muchos de nuestros vínculos. A lo largo de la historia, la religión validó el sacrificio como algo sublime y loable.

Según Edward B. Tylor, en los orígenes de las civilizaciones, el hombre primitivo tomó noción del alma, “animismo”. Al intentar congraciarse con esos seres superiores, ya que creían que la ira de ellos era la causa de sus calamidades, optaron por hacer ofrendas, para lo cual sacrificaban sus posesiones, tales como vegetales, animales y hasta humanos (como es el caso de las culturas mayas, entre otras).

Según Frazer, algunos hombres primitivos más inteligentes caen en cuenta de que sus fórmulas mágicas son del todo insuficientes para dominar la naturaleza salvaje, que a veces actúa generando fenómenos o cataclismos.

Nosotros, como sociedad, sabemos que los desastres naturales están regidos por leyes físicas, pues ahora conocemos ciencias como la geología, la astronomía, etc. Es increíble cómo el sacrificio logró pasar las barreras del tiempo y de las culturas para ahora instalarse en la sociedad de un modo más sutil. Continúa siendo parte de los rituales religiosos, pero con otro enfoque.

Ahora ya no matamos seres vivos para ofrecer al Dios o a nuestros Dioses. En lugar de ello, nuestros actos son los sacrificios que ofrendamos, no solo a un ser supremo, sino a nuestros pares.

Hemos basado nuestra sociedad en sacrificios. La palabra sacrificio significa en latín “sagrado”. Pero, al parecer, la palabra sacrificio en nuestra sociedad y en el ámbito religioso tiene una connotación de privación, limitación del ejecutante de tal acto y deja una sensación de displacer para aquel que se sacrifica.

Muchos creen que las relaciones o los vínculos afectivos tienen que estar basados bajo estos términos de renuncias. Ahora, si las relaciones están basadas en renuncias —es decir, en dejar de ser nosotros mismos, dejar de hacer lo que queremos, hacer lo que el otro quiere y amoldarnos a las exigencias del otro— estamos limitando nuestra persona y nuestras características.

Hay una gran diferencia entre dar y sacrificarse, como lo decía Erich Fromm: “El amor es una actividad, no un efecto pasivo; en el sentido más general puede descubrirse que amar es dar”.

La persona que da porque desea hacerlo no se está sacrificando; simplemente ejecuta ese acto porque le place hacerlo. En ese dar hay placer, a diferencia de quien se sacrifica.

Quien hace algo que realmente no desea, interpone los intereses del otro a los suyos y, muchas veces, anula los propios con la finalidad de obtener algo.

Las relaciones basadas en esta forma de vida, tarde o temprano, terminan limitando, inhabilitando y minimizando a un miembro, y frustrando a ambos. Estas relaciones distan mucho de ser vínculos basados en el amor, el altruismo y el respeto. Por el contrario, están basadas en las exigencias de un miembro.

Generalmente, el que más exige sacrificios al otro es el que no aprendió a tomarse en cuenta dentro de la relación y basó su vida en hacer cosas que no le gustan y, por ende, no conoce el placer que da la libertad de hacer lo que realmente quiere.

No sabemos amar a otro si no nos amamos a nosotros mismos; no sabemos respetar al otro si no nos respetamos y somos coherentes con lo que decimos, sentimos, pensamos y hacemos.

Las relaciones basadas en el sacrificio no son relaciones confortables ni sanas y distan mucho de acercarse al amor.

AUTOR: LIC THAMARA MARTEL MIRAVAL