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El bullying,la máscara del miedo

bullying

El abuso, la intimidación o el maltrato físico y psicológico que ejerce una persona sobre otra no solo ocurre en ámbitos escolares; también se da en círculos familiares, laborales y en grupos con fines sociales. Estos actos nos muestran a una persona o a un grupo de personas disminuyendo a otro ser vivo, el cual es minimizado por no compartir los mismos códigos, normas o características del grupo.

Hoy en día, actos como este son sancionados dentro del ámbito académico; pero, más allá de la amonestación, podríamos plantearnos las siguientes preguntas: ¿Dónde aprendió ese niño o individuo a intimidar? ¿Cómo aprendió a ejercer ese poder sobre otro? Preguntas como estas vuelcan nuestras miradas hacia la familia con la finalidad de reevaluar cómo es esa relación vincular.

Como sociedad, en la actualidad, estamos avanzando para lograr una educación inclusiva; pero la inclusión no solo es menester del ámbito escolar. Cuando hablamos de inclusión, estamos hablando de respeto por el otro, por sus características poco comunes para determinado grupo dentro de la sociedad.

Entonces, ¿qué sucede con «el matón» o «bulliador»? ¿Cuál es la necesidad de que el otro sea igual a él o mantenga características o códigos similares? ¿Qué teme de las diferencias del otro?

Formulo estas preguntas debido a que, como sociedad, se suele mostrar al que intimida con cierto tipo de poder y ventaja sobre otro, y no se muestra a este «matón» como un ser sumamente miedoso que tiene que hacerse de un grupo para ostentar cierto poder o que necesita tener a alguien disminuido para que su imagen cobre notoriedad.

En un acto de agresión de este estilo, las emociones de cólera e ira están presentes, así como el miedo, que vendría a ser el detonante.

Estos actos lastiman no solo a la «víctima de la agresión», sino también a los observadores pasivos que, ante la intimidación, se sienten imposibilitados de defender al otro.

¿Cuál es el ejemplo de sociedad que heredamos a nuestros hijos?

Los hijos aprenden en base a la observación y es a través de esta que ellos imitan e introyectan actitudes, conductas y normas, de la manera en que los padres irrespetan las diferencias en la relación familiar y en el ámbito social.

Padres y profesores tienen una gran labor, que no solo consiste en adoctrinar, sino en enseñarles a discernir y reconocer sus emociones, a respetarlas y a respetar las emociones y diferencias del otro, así como enseñar con el ejemplo el respeto por la otredad, es decir, el respeto por otro ser vivo.

La sociedad no queda exenta de esta mirada reevaluadora. Es decir, como sociedad, al parecer tenemos una visión un tanto polarizada de los procesos de socialización. Hace falta enseñarles a los niños que el avance no estuvo basado tan solo en la competencia y la destrucción, sino también en la cooperación, el apoyo mutuo y el reparto, como lo plantea el etólogo Desmond Morris en su libro «La naturaleza de la felicidad».

La violencia en el seno del grupo tuvo que haber sido la excepción a la regla; de lo contrario, hubiese sido el fin de la especie y hoy no hablaríamos de evolución.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos frente a cualquier situación de acoso?

• Es necesario gestionar en el niño la autovalía. El valor que los padres dan a su hijo hace que el niño se autovalore y genere una buena identidad.

• Tener un espacio con él donde el niño sienta confianza para ser escuchado y no juzgado por lo que esté sintiendo.

• Detener el abuso en sus inicios.

• Reevaluar la relación familiar. Un niño expuesto a un entorno familiar agresivo está más expuesto al acoso escolar.

Autor: Lic. Thamara Martel M.