La formación de vínculos en una pareja lleva tiempo y esfuerzo. Estos vínculos son necesarios para la formación de la pareja. Muchas personas la confunden con la atracción inicial o el entusiasmo aproximativo, que puede deberse a diferentes tipos de afinidad. Estas afinidades, atracciones o intereses pueden ir desde lo más superficial y evidente hasta elementos más complejos y sofisticados.
Los ojos, el pelo, el color de la piel, las piernas, los pechos, los músculos, su forma de hablar, etc., son muchas de las razones primarias o sensoriales iniciales por las que nos acercamos y decidimos entablar una relación de pareja.
La soledad, la compañía, un complemento, la atracción sexual, el gusto por la música, su sinceridad, sus metas, la forma de hablar o la seguridad que nos ofrece, son otro grupo de desencadenantes secundarios con mayor aceptación social, que todos estamos llamados a aceptar.
Pero también existen motivos intermedios, como la forma de vestir, su porte, la forma de caminar o los soterrados deseos de capturar a la víctima, o tener a alguien que nos mantenga, nos acompañe y nos proteja. Es decir, la pareja como tabla de salvación o satisfacción de deseos no cumplidos.
De allí que escuchemos como respuesta del porqué tomamos a tal persona como pareja: tenía dinero, tenía una casa, propiedades, era profesional, venía de buena familia, era norteño, etc. Como vemos, aquí estamos tomando a la persona por lo que tiene y no por lo que es.
Lo cual es una aventura efímera y poco realista de estar realmente con alguien, convirtiéndose en una especie de trueque o negociación al estilo de las monarquías europeas, que casaban a sus hijos para establecer alianzas, independientemente de lo que sentían. Era por la nación y la patria; lo demás no importaba.
Cada una de estas razones constituye algunos de los motivos que nos llevan a formar una pareja. La especie humana, con su capacidad cultural y social, ha superado y ampliado la razón de la supervivencia que rige en la escala zoológica de la que venimos. Lo que, en síntesis, puede agruparse en móviles superficiales o profundos, primarios, sociales y culturales.
Sin embargo, las razones para la búsqueda de pareja están marcadas por intereses. Así, a algunas personas les espanta escuchar esta palabra. Todos buscamos una pareja por interés. Ahora bien, lo que hay que aclarar es que existe una gran variedad de intereses.
Muchas personas se espantan de esta palabra porque la asocian con el interés crematístico o económico —a pesar de que es muy común en el género humano—, disimulado o camuflado con otro tipo de razones que son aceptadas socialmente y que no nos hacen perder nuestro valor social.
Pero lo que toda pareja debe saber es que las razones iniciales determinan, en parte, el curso de la relación: su nacimiento, su desarrollo, pero también su muerte.
Todo acercamiento es un proceso de aprendizaje del otro en cuanto otro. Es un aprendizaje particular y único que se forma a partir de cada una de las experiencias vividas por los componentes de la pareja, comprendiendo todas las historias personales de los sujetos y sus avatares: su nacimiento, infancia, adolescencia, educación, trabajo, costumbres, experiencias, valores, gustos, metas, sueños, anhelos y frustraciones.
Lo que significa un índice muy elevado de aspectos que tienen que concordarse y conciliarse, más allá de la convivencia diaria. Si esto sucediera automáticamente, seríamos personas iguales, lo que, por no decir, es un imposible entre los seres vivos.
Lo que hay en realidad son personas más afines o similares a otras; no iguales, porque la igualdad en este terreno hasta ahora resulta imposible.
Sin embargo, debemos señalar que aquello de que “los polos opuestos se atraen”, que tanto han preconizado desde la cultura popular nuestros padres y abuelos, está bien para la física tradicional y no para las relaciones interpersonales reales, pues esos opuestos pueden no atraerse y hasta resultar aversivos.
Si inicialmente esto sucediera, es decir, que dos personas de caracteres opuestos se atrajeran, ello no nos garantiza su permanencia ni su afinidad como pareja. Los estudios actuales han demostrado todo lo contrario de lo que se creía y pregonaba.
Los niveles complementarios entre las personas deben aprenderse en la interrelación, en la comunicación, en el encuentro, en el captarse y en la empatía, así como en el establecimiento de vínculos o lazos que se dan en el compartir.
Ahora bien, lo que hay que aclarar es que existe una gran variedad de intereses. Muchas personas se espantan de esta palabra porque la asocian con el interés crematístico o económico —a pesar de que es muy común en el género humano—, disimulado o camuflado con otro tipo de razones que son aceptadas socialmente y que no nos hacen perder nuestro valor social.
Pero lo que toda pareja debe saber es que las razones iniciales determinan, en parte, el curso de la relación: su nacimiento, su desarrollo, pero también su muerte.
Todo acercamiento es un proceso de aprendizaje del otro en cuanto otro. Es un aprendizaje particular y único que se forma a partir de cada una de las experiencias vividas por los componentes de la pareja, comprendiendo todas las historias personales de los sujetos y sus avatares: su nacimiento, infancia, adolescencia, educación, trabajo, costumbres, experiencias, valores, gustos, metas, sueños, anhelos y frustraciones.
Lo que significa un índice muy elevado de aspectos que tienen que concordarse y conciliarse, más allá de la convivencia diaria. Si esto sucediera automáticamente, seríamos personas iguales, lo que, por no decir, es un imposible entre los seres vivos.
Lo que hay en realidad son personas más afines o similares a otras; no iguales, porque la igualdad en este terreno hasta ahora resulta imposible.
Sin embargo, debemos señalar que aquello de que “los polos opuestos se atraen”, que tanto han preconizado desde la cultura popular nuestros padres y abuelos, está bien para la física tradicional y no para las relaciones interpersonales reales, pues esos opuestos pueden no atraerse y hasta resultar aversivos.
Si inicialmente esto sucediera, es decir, que dos personas de caracteres opuestos se atrajeran, ello no nos garantiza su permanencia ni su afinidad como pareja. Los estudios actuales han demostrado todo lo contrario de lo que se creía y pregonaba.
Los niveles complementarios entre las personas deben aprenderse en la interrelación, en la comunicación, en el encuentro, en el captarse y en la empatía, así como en el establecimiento de vínculos o lazos que se dan en el compartir.
Dentro de este establecimiento de vínculos me voy a ocupar aquí de la comunicación primaria en las parejas y, dentro de la comunicación, de la forma de preguntar y responder que muchas parejas tienen, pues esta forma de interrelacionarse está ausente, es invasora o muchas veces se encuentra distorsionada y es fuente de muchos resentimientos, rupturas y malentendidos.
Estas formas de interrelación van desde el sentido general hasta lo específico; desde el tono cortés y natural hasta el altisonante y tremendista; desde la actitud teatral disimuladora, pasando por la evasiva, hasta la sincera, abierta, dura e impositiva.
Muchas personas dicen ser sinceras porque, según ellas, dicen lo que piensan; lo cual es, en sí, una buena excusa para no tomar en cuenta los sentimientos de la otra persona. Si esto fuera real, las comunicaciones no existirían. Porque hay una diferencia entre comunicar e imponer.
En el primer caso, cuando trato de que me acepten incondicionalmente lo que digo, señalo, aprecio o analizo, estoy imponiendo una idea o un sentimiento sin considerar que la comunicación es dual; es decir, implica a dos o más personas en un nivel de reciprocidad e igualdad.
Si no sucede esto, la comunicación no se produce. Se distorsiona o se quiebra. Surgen los problemas entre las personas, sobre todo cuando el emisor plantea un mensaje y el receptor no lo entiende, lo malinterpreta o es indiferente al sentido y la intención de lo que se quiso decir o proponer.
Esto es lo que se escucha comúnmente entre las personas, independientemente de que los hombres sean de Marte y las mujeres de Venus.
Es difícil aprender a comunicarse en la pareja. Se le da por sentado y evidente; al menos hablamos un lenguaje común y lo hemos intentado con éxito. Pero en este caso es diferente. No basta saber un idioma para enseñarlo.
En el caso de las parejas, tienen que aprender a diferenciar su lenguaje. Además de la conciencia de otredad, es decir, la presencia cercana del otro, que lleva a encuentros o desencuentros. Porque en la comunicación no solo están los mensajes intelectuales o verbales, sino además los sentimientos, en los que se incluyen los tonos de voz y las formas de decir.
La relación de pareja es una aproximación de aceptación de dos individualidades en la que, por supuesto, existe la posibilidad de la incomprensión y el desencuentro como temor básico.
Ahora bien, si esto está incrementado por escenarios diferentes, la situación se complica. Por lo tanto, toda pareja debe aprender a comunicarse y esto necesita de un terreno imparcial, así como de un agente de las mismas condiciones que actúe como mediador en las diferencias.
Sobre todo si esa pareja dice amarse y quiere vivir esa relación el mayor tiempo posible, porque las parejas tienen fases de nacimiento, crecimiento y también muerte.
La comprensión y la felicidad son dos ideales que llevan a las personas a vivir juntas. Todos queremos que nos comprendan, sin saber que este proceso no es sencillo y que varía de persona a persona por sus diferentes experiencias y vivencias.
Además, es un proceso que se desarrolla en el más amplio sentido de la palabra, que evoluciona e involuciona constantemente.
Por otro lado, la felicidad está siempre en nuestros labios, pero no tenemos un concepto claro de ella. Sabemos que está presente cuando nos sentimos contentos, pero poco más. Existen tantas definiciones de felicidad como concepciones del mundo.
Por lo tanto, nos hemos fascinado con dos conceptos de los que muchas veces no tenemos una comprensión cabal ni una dimensión práctica de su significado: comprenderse y ser feliz. Hay que comprenderse, pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¿Qué implica comprender a mi pareja? Y respecto de la felicidad: ¿qué es realmente la felicidad? ¿Cómo se alcanza?
Estas apreciaciones pueden parecer un poco pesimistas o decepcionantes para quien busca en este artículo recetas rápidas con las que calmar sus problemas de comprensión. Sin embargo, soy de quienes creen y practican la doctrina del no engaño y todas sus consecuencias. Considero que es el mejor camino.
Estamos cansados de la hipocresía de algunos analistas que, con apenas escuchar tres minutos, emiten consejos que pretenden orientar el destino de las personas. Esta forma de pseudo ciencia se encuentra muy extendida y, al menos en el campo de la psicología, es frecuente observarla.
La comunicación en la pareja es compleja y no puede estandarizarse por las razones antes expuestas. A lo largo de estos artículos esperamos reflexionar sobre ello y, más aún, buscar puntos de convergencia entre experiencias diversas y, en ocasiones, contradictorias.
Quien escribe lo hace tanto desde su condición de persona como desde su experiencia de terapeuta. Por ello, abrimos el diálogo e invitamos a nuestros lectores a compartir sus opiniones o formular preguntas de interés. De esta manera iremos construyendo un edificio de conocimiento sustentado en bases reales, diversas y plurales.
Adelantemos algo: a priori, estoy convencido de que toda relación debe basarse en lo que llamamos “encuentro”, con todo lo que ello implica.
AUTOR:
Dr. Temístocles Arméndariz Cuba de Piérola
